El Exorcista del Sarcófago Dorsal
Permítanme presentarles a Clara y a Miguel. Una pareja normal. Él, contador. Ella, diseñadora. Su mayor problema de pareja, antes del fatídico día de su aniversario, era quién dejaba la tapa del inodoro arriba o abajo. Un conflicto de baja intensidad. Todo cambió cuando, en un arranque de inspiración romántica (y desesperación por no comprar flores), Miguel le regaló a Clara el "Masajeador Recargable por USB de 8 Garras Prometedoras".
El dispositivo llegó en una caja que gritaba "TECNOLOGÍA ALIENÍGENA PARA TU MIOFASCIO". Clara, escéptica, lo vio como un chisme más que acabaría en el cajón de los tristes, junto al batidor de huevos monodedo y la plancha para rizos de los 90.
La primera vez que lo encendieron, fue como invocar a un demonio menor, pero útil. Un zumbido sibilante, como un enjambre de abejas robóticas, llenó la sala. Las 8 garras de silicona giraban con una determinación aterradora. Miguel, valiente pionero, se lo aplicó al cuello.
Lo que siguió no fue un masaje. Fue un interrogatorio. Las garras no acariciaban; investigaban. Buscaban el nudo, el punto de tensión, el pecado original de esa mala postura frente al ordenador. Y cuando lo encontraban… ¡oh, cuando lo encontraban! Se aferraban con la tenacidad de un cangrejo samurái y procedían a destripar la contractura capa por capa. La expresión de Miguel pasó de la curiosidad a la sorpresa, luego al dolor agudo, y finalmente a una beatitud postraumática. "Es... increíble", dijo con la voz entrecortada. "Siento como si me hubieran dado una paliza, pero en el buen sentido".
Clara, al ver aquello, quiso probar. Lo usó en los hombros. Gritó. No un grito de dolor, sino un sonido primal, el grito de guerra de un músculo trapecio que lleva años en huelga y acaba de ser reactivado a la fuerza. Luego, rió. Era la risa de la liberación.
En una semana, el artefacto ya tenía nombre: "El Desenredador". Había ascendido de regalo dudoso a miembro no humano de la familia. Su relación mutua fue desplazada por una relación triangular: Clara, Miguel y El Desenredador.
¿Dolor de pies después del gimnasio? El Desenredador atacaba con sus ocho dedos implacables. ¿Tensión en la espalda baja? El Desenredador excavaba hasta encontrar la paz (o la rendición). Lo usaban en los brazos, en las pantorrillas, incluso intentaron usarlo en el cuero cabelludo (error. No repitan ese error).
La reseña que Clara escribió, y que tú has parafraseado, no era una simple opinión de cliente satisfecho. Era un testimonio de conversión. "Es más de lo que esperaba", escribió. Traducción: "Pensé que era un juguete y resultó ser un instrumento de tortura benévola que adoro". "Cumple a la perfección su función". Traducción: "Nos hace sufrir deliciosamente hasta que el músculo claudica y se siente como mantequilla recién batida". "Lo super recomiendo". Traducción: "Regálenlo y siembren el caos placentero en otros hogares. Que todos experimenten el dulce martirio de las ocho garras USB".
Moraleja de la historia, querido público: El regalo perfecto no es el que halaga, sino el que ataca problemas concretos con la furia silenciosa de un robot cirujano. Miguel no regaló un aparato. Regaló la victoria sobre el dolor de espalda, la redención de unos hombros cargados y una nueva razón para que su pareja emitiera sonidos ininteligibles de puro alivio. ¿Competencia? Claro. Pero es una competencia en la que todos ganan, especialmente esos malditos nudos que creías que iban a vivir para siempre en tus trapecios.
Así que sí. "Masajeador inalámbrico portátil para cuello y hombros" suena aburrido. Mejor di: "El aliado mecánico que te someterá hasta liberarte. Recargable por USB. Almohadillas incluidas para gritar, no incluidas".
Porque a veces, el mayor acto de amor no es un ramo de flores, sino ocho garras giratorias dispuestas a desenterrar tu estrés y enviarlo de vuelta al abismo de donde vino. Con batería de larga duración.
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