En las afueras de un pequeño pueblo nevado, vivía un anciano árbol de abeto llamado "Reverencia". Cada año, su copa era adornada con luces y estrellas por los niños del lugar. Pero un invierno, una ventisca furiosa arrasó el pueblo, y una rama gigante de Reverencia cayó sobre la casa de Elias, el bibliotecario, borrando de un golpe parte de la historia navideña del pueblo.
La tormenta pasó, pero algo más se perdió: la memoria del propio árbol. Reverencia olvidó quién era, para qué servían los adornos en su tronco y por qué los humanos lo visitaban con cánticos. Ahora, solo sentía el frío y una profunda tristeza al ver a la gente pasar de largo.
La única persona que notó el cambio fue Lila, la nieta de Elias, de siete años. Mientras su abuelo reconstruía los libros dañados, ella le hablaba al árbol, creyendo que estaba "resfriado de tristeza". Decidió curarlo con la única medicina que conocía: una historia al día.
Cada tarde, Lila se sentaba a su raíz con una manta y le contaba un recuerdo que había escuchado en el pueblo: la vez que el árbol sirvió de refugio a unos viajeros perdidos; cómo una pareja se prometió amor bajo sus ramas; la historia de la estrella de madera tallada por un carpintero con las últimas fuerzas de su vida. Pero el árbol permanecía mudo, sus agujas grises.
La Navidad se acercaba y el pueblo, aún recuperándose, había olvidado la tradición de decorar a Reverencia. La víspera de Nochebuena, Lila, desesperada, decidió contarle su propio recuerdo: el del año anterior, cuando su abuelo le leyó un cuento bajo ese mismo árbol, y cómo una luciérnaga se posó en la punta, haciéndola brillar como la estrella de Belén.
Al pronunciar la palabra "Belén", algo crujió en el interior del árbol. No fue un sonido de madera, sino como el de un libro que se abre por primera vez en siglos. De la grieta de la rama caída surgió un tenue resplandor. Lila se acercó y vio, atrapada en la resina cristalizada como un ámbar, una pequeña carta enrollada.
Era una carta escrita por el primer habitante del pueblo, hacía cien años, contando cómo ese árbol lo había guiado hasta un manantial que salvó a su familia. El árbol no era solo un testigo; era un guardián de historias, y su tronco estaba lleno de ellas, atrapadas en su savia.
Lila corrió a buscar a su abuelo. Juntos, con cuidado, extrajeron la carta y la leyeron en voz alta frente al árbol. Con cada palabra, las agujas de Reverencia comenzaron a reverdecer. Al terminar la lectura, una luz cálida emanó de su tronco, iluminando los copos de nieve alrededor como polvo de diamantes.
La noticia corrió por el pueblo. Esa Nochebuena, en lugar de decorar el árbol, la gente trajo sus propios recuerdos escritos en pequeños pergaminos y los colgaron de sus ramas. Cada historia era un adorno, cada recuerdo, una luz. Reverencia no solo recuperó su memoria, sino que se convirtió en "El Árbol de las Historias Vivas", un archivo viviente de la comunidad.
Y Lila aprendió que la Navidad no es solo la historia que se cuenta, sino la que se rescata, se comparte y se hace eterna en el corazón de los demás.
Comments
Post a Comment