Puede un muñeco de Santa Claus retorcido salvar la Navidad? Cuando el duelo y las luces brillantes chocan, a veces el regalo más extraño es el que nos permite reír con honestidad. Esta es la historia de cómo el humor negro de mi abuelo se convirtió en nuestra tradición más entrañable.
Había una época, hace ya algunos inviernos, en la que la Navidad me parecía un escenario demasiado brillante para mi estado de ánimo. El año que mi abuelo Otto falleció justo el 23 de diciembre, la idea de villancicos y risas me resultaba insoportable. Mi familia, en un intento desesperado por "seguir la tradición", insistió en celebrar la cena. Fue entonces cuando, rebuscando en el trastero para decorar, encontré la vieja caja de mi abuelo.
Entre guirnaldas despintadas y espumillón, había un muñeco de Santa Claus que él mismo había modificado. Le había pintado ojeras moradas con esmalte, pegado un bigote torcido y, con un rotulador indeleble, había escrito en la base: "NAVIDAD: SOBREVIVIRÉ". Al darle cuerda, en lugar de un alegre "Ho, ho, ho", emitía un grave suspiro seguido de un "Ya queda menos".
Recordé entonces su legendario humor negro. Mientras todos a su alrededor se deshacían en felicitaciones edulcoradas, él solía brindar con un "Por los que aguantan la sonrisa con cinta aislante". Aquel año, coloqué el muñeco en el centro de la mesa, junto al pavo. El silencio fue absoluto cuando lo accioné. Mi madre dejó el cuchillo en el aire. Mi tía Clara abrió ojos como platos. Y entonces, mi padre, el más serio de todos, rompió a reír. Una risa profunda, genuina, la primera desde la muerte de su padre.
"No puedo creer que guardaras esto", dijo entre carcajadas. "Él decía que la Navidad era como un pastel de frutas: densa, inevitable, y a veces tienes que escupir la fruta escarchada cuando nadie mira".
La cena se transformó. En lugar de fingir alegría, compartimos anécdotas absurdas y cínicas de mi abuelo: la vez que envolvió carbón dulce para el vecino pesado, diciendo que era "un adelanto ecológico para su carbón real del próximo año"; o cuando, en Nochebuena, puso de fondo musical marchas fúnebres versionadas con cascabeles.
El muñeco, al que bautizamos Kris Kringle, se convirtió en nuestro antídoto contra la melancolía. No se trataba de ridiculizar la festividad, sino de hacerle un hueco al dolor y al absurdo dentro de ella. Mi abuelo Otto no nos dejó un legado de azúcar algodonosa, sino una brújula para navegar la temporada con honestidad: a veces, la luz más cálida en diciembre no viene de las bombillas del árbol, sino de una pequeña y retorcida chispa de humor, aunque sea del color más negro.
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