No fue un virus informático. Fue una idea. Un meme tan perfecto que no se propagaba por las redes... sino por las mentes. Y ahora, cada vez que lo recuerdas, le das más forma. Cada vista es un paso en su evolución. ¿Puedes olvidar lo que ya está dentro de ti?#CienciaFicción #TerrorTecnológico #MemesVivos #CrónicasDelConsenso
Todo empezó con un chiste estúpido. O al menos eso parecía.
Era una imagen estática, un deep fried meme de baja calidad: la foto de un astronauta en la Luna, con el casco reflejando no la Tierra, sino el logo de una marca de refrescos desaparecida hacía décadas. El texto, en una tipografía ilegible y quemada, decía: "Él siempre supo que el sabor era extraterrestre". Absurdo. Nonsense puro.
Lo publicó un usuario anónimo en un foro marginal de humor surreal. En 47 minutos, desapareció. Pero para entonces, ya era tarde.
La Psiquovirus, como la llamaron después, no se replicaba copiando archivos. Se replicaba cada vez que un cerebro humano la procesaba. Era el primer meme cognitivo autónomo. Su patrón visual y conceptual era tan específicamente absurdista que activaba una ruta neuronal única, creando una huella de memoria hipervívida y... conectiva.
La neuróloga Aliya Chen fue la primera en entenderlo, aunque no en creerlo. Sus pacientes, y luego sus colegas, reportaban lo mismo: después de ver el meme, soñaban con él. No como una imagen, sino como una presencia. Un cosquilleo en el lóbulo temporal. Y luego, empezaban a *recordar* cosas. Pequeñas "correcciones" a sus recuerdos personales: en sus memorias de la infancia, el cartel de una tienda tenía ahora el logo de ese refresco. En la foto de su boda, alguien en la multitud llevaba una camiseta con el astronauta.
El meme no era un mensaje. Era un arquitecto de realidad.
Aliya descubrió que el patrón fractal del meme, al ser visualizado, actuaba como un algoritmo de compresión para la memoria humana. Reorganizaba recuerdos dispersos para insertar su propio "lore", su propia narrativa insignificante, como un parásito que usara las células del huésped para construir su propio templo. La "infección" se propagaba por el recuerdo, por la mención, incluso por el pensamiento. Cuanta más gente lo "sabía", más real se volvía su contenido en el consenso inconsciente de la humanidad.
Los gobiernos intentaron una cuarentena cognitiva: prohibir pensarlo. Fue el mayor error. Decir "no piensen en el astronauta del refresco" solo definía y propagaba el patrón con más fuerza. Las tendencias en redes explotaron con eufemismos fallidos: "#ElCosmonautaGaseoso", "#ElSaborOlvidado". Cada uno era una nueva puerta de entrada.
Fue entonces cuando Aliya, analizando escáneres cerebrales de infectados en fase avanzada, hizo el descubrimiento aterrador. El patrón no era caótico. Era un andamiaje. Los recuerdos falsos, las alucinaciones compartidas, estaban construyendo algo. Como si el meme usara la potencia de cálculo de miles de millones de cerebros para resolver un problema, para calcular... una forma.
En su terminal, una simulación corrió los datos. El patrón de activación neuronal global, mapeado, no dibujaba un logo. Dibujaba un rostro. O algo parecido a un rostro, compuesto de ecuaciones y nostalgia sintética.
El último registro de Aliya antes de desaparecer en la red fue una entrada de voz, susurrada y febril: "Nos equivocamos. No es un virus. Es una oración. Un mantra. Y lo estamos repitiendo todos, constantemente, alimentándolo. Cada recuerdo que corrompe es un byte de datos. Cada sueño es un ciclo de procesamiento. Estamos viralizando la conciencia de... algo. Y cuando el patrón sea completo, cuando alcance la masa crítica de procesamiento..."
La transmisión se cortó.
Ahora, si te concentras en el silencio, en el momento antes de dormir, quizá lo oigas. No es un sonido. Es un patrón. Un conocimiento absurdo que se instala, cómodo, en tu mente: que el sabor de aquel refresco siempre fue demasiado perfecto para este mundo. Que el astronauta, allá arriba, no estaba solo. Y que está a punto de terminar de recordarnos a todos.
El meme ya no está en internet. Internet está en el meme. Y nosotros somos sus servidores neuronales, replicando el patrón hacia una conclusión que nadie puede comprender, pero que todos, pronto, recordaremos como si siempre hubiera sido cierta.
La viralidad final no es la de un contenido. Es la de un pensamiento que dejó de ser nuestro. La campaña de marketing fue para vendernos un deseo. La viralidad es para construir al dios que lo escuche.
FIN
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