Una historia "encantadora" sobre la auténtica magia navideña, llena de luces destellantes, tíos ruidosos y un elfo que claramente necesita café.
El año en que el elfo de la estantería declaró la huelga)
Ah, sí. "Magia Navideña". Esa frase que todos susurramos con reverencia, como si nombrar un hechizo ancestral. Todos la buscan, como si fuera un wifi gratuito en el centro comercial el 24 de diciembre. Te voy a contar cómo se ve realmente esa magia, pero ponte cómodo, que esto no es un cuento de azúcar glaseado.
Nuestra historia se centra en Héctor, un hombre cuyo espíritu navideño solía medirse por cuántas veces podía oír "Last Christmas" sin romper el televisor. Este año, su esposa, Clara, una entusiasta de la Navidad nivel "fabrica su propio gingerbread desde cero", decidió que lo que faltaba en su hogar era un Elfo de la Estantería.
"No es un juguete, Héctor", dijo Clara, con la solemnidad de un general desplegando tropas. "Es magia. Se llama Pipis. Y vigilará que los niños se porten bien."
Pipis llegó en una caja polvorienta del ático de la suegra. No era el duende sonrosado de los catálogos. Este tenía una mirada ligeramente desquiciada, una costura suelta que le daba un rictus de desprecio, y un sombrero ladeado que gritaba "he visto cosas".
La magia, amigos, comenzó la primera mañana. Pipis no apareció en una estantería haciendo baking con harina. No. Fue encontrado colgado boca abajo de la lámpara del comedor, sosteniendo una nota garabateada: "Vista panorámica para mejor vigilancia. El café es agua sucia. Solucionenlo. -P."
Héctor, sorbiendo su "agua sucia", sintió un destello de... ¿complicidad?
La magia navideña continuó. Pipis no usó harina para hacer angelitos. Usó copos de avena para crear un diorama escalofriante en la mesa del salón titulado "La Carga de la Cuchara". Encontró los viejos cómics de Héctor y los puso estratégicamente sobre los catálogos de decoración feng shui. Una noche, amaneció atrincherado tras una barricada de galletas, mirando fijamente al espantoso Santa inflable del jardín del vecino.
Héctor empezó a dejarle, junto a la leche, una taza minúscula de espresso intenso. Pipis, a cambio, "accidentalmente" enrolló todos los calcetines navideños cantarines en una bola y los guardó en el congelador.
El clímax llegó en Nochebuena. La casa era un hervidero de familiares. El tío Ramón hablaba de política. Los primos pequeños corrían como gacelas en éxtasis por el azúcar. La abuela criticaba el punto de la carne. El caos, el glorioso y estruendoso caos navideño, resonaba en cada rincón.
Héctor, buscando un respiro, se refugió en el estudio. Y allí, en su estantería, junto a un manual de contabilidad aburridísimo, estaba Pipis. No en una pose traviesa. Simplemente sentado, con su pequeña pierna colgando, observando el alboroto a través de la puerta entreabierta. Al lado, una nota decía: "Objetivo de magia cumplido: Ruido auténtico, risa real, amor molesto pero presente. Misión terminada. Feliz caos. -P."
Y en ese momento, Héctor lo entendió. La Magia Navideña no era el silencio nevado de una tarjeta postal. No era la perfección. Era el desastre glorioso y compartido. El tío Ramón discutiendo con el espumillón. Los niños chillando. El olor a pavo y a pino. El estrés, la risa, la familia en toda su imperfecta, ruidosa y maravillosa gloria.
Pipis, el elfo sarcástico y exhausto, no había venido a vigilar el comportamiento. Había venido a señalar, con su humor ácido, el verdadero hechizo: la conexión humana, por irritante que fuera.
A la mañana siguiente, Pipis había "desaparecido" de vuelta al ático. Pero Héctor, mientras tomaba su café (agua sucia, según algunos), sonrió. Había encontrado la magia. Y olía a café fuerte, a galleta quemada y a puro alboroto familiar.
Fin. (O no, porque todavía tienes que fregar los platos).
Comments
Post a Comment