Cuando tu cita más romántica gira en torno a una charla apasionada sobre el bombeo del tanque séptico. El amor huele a... efervescencia bacteriana.
Ah, sí. Permítanme contarles la romántica y conmovedora historia de cómo conocí el verdadero significado del "hasta que la muerte nos separe". O, como yo lo llamo: El Día del Bombeo.
Todo comenzó en la idílica fase del enamoramiento. Flores, poemas, promesas de eternidad. Él, llamémosle "Kevin", porque ese era su nombre, me llevó a cenar a un sitio precioso. Candilejas, mantel de lino, el works. Pensé: "Este es el momento. Va a declarar su intención de construir un futuro juntos".
Y vaya si lo hizo.
Entre el plato principal y el postre, con los ojos brillando como si hubiera descubierto la teoría de la relatividad, me tomó de la mano.
"Mi amor", comenzó, con un susurro grave y lleno de emoción. "Hay algo en mi vida de lo que estoy profundamente orgulloso, algo que define mi filosofía de hogar y mantenimiento proactivo. Algo que quiero compartir contigo, porque veo un futuro... un futuro sin obstrucciones".
Mi corazón palpitó. ¿Iba a hablar de compromiso? ¿De comprar una casa juntos? ¿De... un perro?
"Mi tanque séptico", prosiguió, "tiene un sistema de bombeo programado cada tres años. No cada cinco, como hacen los imprudentes. Cada tres. Y el tipo, Arturo, es un artista. No solo succiona; él interroga a los lodos. Sabe leer los estratos, diagnosticar la salud de las bacterias anaerobias solo por el tinte del efluente".
Dejé caer mi tenedor. No fue un ruido dramático de película; fue más bien un pequeño "clinc" de rendición.
"¿Ves?", dijo, extasiado, ignorando mi expresión de terror congelado. "Es una metáfora de la vida. No puedes simplemente tirar cosas ahí abajo y olvidarte. Las grasas se acumulan, los sólidos se estratifican. Si no lo purgas a tiempo... el colapso es total, maloliente y catastróficamente caro. Como una relación, ¿no te parece?"
Pasé los siguientes cuarenta y cinco minutos viendo cómo desplegaba, con servilletas de tela como lienzo, diagramas detallados de la cámara de sedimentación, la de filtración, y la crucial importancia de evitar los limpiadores a base de cloro. El postre fue tiramisú con una guarnición de estadísticas sobre la capacidad de retención de sólidos según el reglamento municipal.
Esa noche, bajo las estrellas, en lugar de un beso, recibí una solemne advertencia: "Recuerda, cariño. El inodoro no es un basurero mágico. Las toallitas húmedas, aunque digan 'desechables', son las traidoras supremas del sistema. Son las Casandra de las alcantarillas: anuncian la tragedia y nadie les hace caso hasta que es demasiado tarde".
¿Y el final feliz? Bueno, mi relación con Kevin eventualmente se estancó, se obstruyó y requirió una costosa intervención profesional para ser limpiada. Pero lo que perdí en amor, lo gané en sabiduría eterna. Ahora, cada vez que tiro de la cadena, oigo su voz. Y nunca, nunca, echo una toallita húmeda.
Así que la próxima vez que su ser amado les hable con pasión del "nivel de natas" o del "volumen de lodos", presten atención. No es solo una conversación sobre residuos. Es una prueba de fuego. O, en este caso, una prueba de fango.
Moraleja: El verdadero "fluir sin problemas" en una relación comienza con entender lo que no debe fluir hacia el pozo negro de vuestro amor. Ustedes me entienden.
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